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Reseña

La historia detrás de Satanás: la novela de ficción que se vistió de testimonio

Portada de Satanás de Mario Mendoza: una estatua de mujer llorando sobre una tumba, con franjas rojas

Portada de Satanás (Editorial Planeta, 2023), de Mario Mendoza.

Recuerdo haber leído esta novela en noveno de bachillerato, impuesta por una docente a la que aún tengo presente. Su lectura se me hizo placentera, pues en ese tiempo lo único que había leído era Paulo Coelho y uno que otro relato de Edgar Allan Poe. Encontrarme de frente con algo que tuviese tantas referencias a mi cultura y que al mismo tiempo fuese tan oscuro me voló la cabeza… y ni hablar cuando me enteré de que esta obra estaba basada en hechos reales. La disfruté tanto que leí Scorpio City, otra obra de Mendoza. Pero al igual que con Satanás, quedé inconforme con su final, el cual me dio la sensación de estar cortado de tropezón, como si al autor se le hubiesen acabado las ideas o las ganas de seguir escribiendo. Recuerdo haber soltado uno o dos madrazos al aire al cerrar el libro, releyendo un par de veces más sus últimas páginas para ver si me había perdido de algún detalle que lo justificase, quedando igual o peor a como estaba antes. Después otra docente quiso que leyéramos El Mensajero de Agartha, y la verdad es que no la leí. Yo esperaba al Mendoza oscuro, que mostraba una ciudad pútrida y se valía del género policiaco para estructurar sus obras, pero lo que me encontré fue una obra para niños, un Julio Verne de Temu… aunque ese es un tema que no quiero abordar en este ensayo.

Al entrar a la universidad sentí una especie de rencilla de parte de mis docentes hacia el autor Mario Mendoza, pues a ninguno le parecía gran cosa. Claramente admitían encontrar algunos elementos interesantes dentro de su obra, una buena opción para alguien que quiere iniciar un hábito lector, pero nada más. Aún a día de hoy no lo consideran como un escritor a la altura de un lector experimentado. Es simplemente un peldaño del que es preciso agarrarse para escalar en el mundo literario, hasta dejarlo atrás por completo y enfocarse en autores de mayor nivel. Tal vez sea porque es un autor “fácil de leer”, el cual gracias a su lenguaje descriptivo, casi cinematográfico, tiene la capacidad de ser comprendido tanto por un adolescente de 14 años como por un adulto de 50 que no sea muy cercano a la lectura, lo cual no lo hace necesariamente un autor de menor categoría. Al contrario, esto hace sus obras accesibles a todo tipo de público, e incluso para muchos jóvenes este fue el libro que inició en ellos un hábito lector (tal vez por esto su éxito comercial), lo cual tiene un mérito aún mayor que los galardones de la academia.

Cabe destacar que en aquel momento, cuando leí Satanás por primera vez, era un lector frenético, y me preocupaba más por llegar al final de la obra en vez de desglosarla y analizarla como lo estoy haciendo ahora, cuando la leí por segunda vez. Ahora me tomé el tiempo de leerla, releerla y hacer un análisis de sus personajes y los hechos que suceden dentro y fuera de la obra; dejarme llevar por su atmósfera, detenerme en algunas partes para consultar datos en la web, y sobre todo captar las referencias intertextuales que allí aparecen (las cuales no son pocas). Ahora bien, a diferencia de la prosa maximalista de Cien años de soledad —donde cada página exige pausas para digerir símbolos y genealogías—, la de Mendoza es cinematográfica: se deja ver antes que leer. Lo que más me llama la atención de esta obra es justo lo que se vuelve tedioso al leer obras del canon literario, en las cuales no me puedo concentrar de verdad sin tener un diccionario al lado para consultar todos los términos desconocidos, o mirar cada 15 minutos mi celular porque apareció un elemento u objeto que no reconozco y lo quiero tener fresco en mi memoria antes de imaginarme cualquier disparate.

Así que, sin hablar más, me adentraré en esta reseña recorriendo primero a sus cuatro protagonistas —María, Andrés, el Padre Ernesto y Campo Elías— y el mismo abismo que termina por hundirlos a todos; después, por qué una historia tan oscura en apariencia terminó siendo el fenómeno editorial más mainstream del país; y, por último, mi propia relación con el libro, que empezó como nostalgia adolescente y terminó por convertirse casi en una investigación periodística sobre cuánto de «hechos reales» hay en realidad en Satanás. Adelanto ya mi conclusión: de lejos, esta novela es un océano que impresiona por su oscuridad; de cerca, un lago de muy poca profundidad. Este análisis está lejos de ser exhaustivo, y queda abierto al debate y al diálogo.

Ilustración en tinta y colores apagados de un hombre alto, calvo, con gafas redondas y abrigo negro, de pie en una calle sombría; a su alrededor, transeúntes y dos personas asustadas asomadas a un bus, bajo una nube de puntos negros.
Ilustración creada con inteligencia artificial: OpenAI ChatGPT.

Comencemos con María. Esta mujer es probablemente el personaje que más sufre a lo largo de la obra. Una niña desplazada de la violencia que, al escapar del pueblo donde vivía junto con su hermana mayor por la inseguridad promovida por un movimiento guerrillero, es adoptada en un orfanato donde lo único que hacen es explotarla laboralmente. Eventualmente su hermana escapa de ese lugar y un tiempo después se va ella, teniendo que enfrentarse a las calles de Bogotá. Esta ciudad la trata como un germen de la sociedad cuyo único ofrecimiento es una cara bonita y un deleite sexual para los hombres. Al trabajar como vendedora de tintos se enfrenta a una realidad cada vez más grotesca, debido a que sus clientes masculinos la ven como un pedazo de carne, con ojos de deseo, y esto la hace adentrarse cada vez más al lado oscuro de la ciudad. El quiebre llega una tarde en el centro de Bogotá, con un tipo de mala clase que se niega a pagarle los 200 pesos que le debe y la humilla delante de los demás vendedores —una afrenta pequeña, casi cotidiana, pero que termina de convencerla de que en esta ciudad nadie le va a dar nada que ella no tome por su cuenta. Es por esto que cuando llegan a su vida Pablo y Alberto a ofrecerle trabajar como tomasera con la promesa de brindarle un apartamento, ropa bonita y la posibilidad de estudiar, ella acepta sin pensarlo demasiado. Pero lo peor viene cuando después de ejercer su trabajo adulterando el trago de un pez gordo al que querían robar, ella se monta en un taxi y dos rufianes abusan de ella, creando la escena más degradada y fuerte en esta obra literaria. Después de lo sucedido, María solo piensa en una cosa: venganza. Y con la ayuda de sus dos amigos consigue dar con el taxi y estar presente el día de su ejecución… pero esto no la llena. Al contrario, la hace sumergirse en la culpa y en un lugar cada vez más oscuro…

Andrés es un pintor que aparentemente viene de una familia adinerada. Su pasión hacia el arte es ferviente y es esto mismo lo que le hace llegar a tener problemas tanto con las personas de las que se rodea, como consigo mismo. Su relación con su familia es casi nula, exceptuando su tío Manuel con el que se ve regularmente, el cual parece llevar una vida bastante desordenada, y su exnovia Angélica con quien mantiene una relación amistosa que parece más impulsada por el dolor y la culpa que una amistad verdadera, pues anteriormente decidió cortar con ella porque se sentía muy dichoso y esto no le permitía pintar con severidad. Justo después de deshacerse del peso de la relación, da alas a su creatividad y pinta como nunca antes lo había hecho. Pero los problemas llegan cuando en medio de un retrato que le pinta a su tío Manuel, Andrés entra en un trance que controla sus pinceladas por completo y lo pinta con unos garabatos grotescos en la garganta, para después enterarse de que su tío tenía cáncer justo en esa zona. La historia se repite con Angélica, a quien pinta con unos garabatos en sus mejillas como si esta fuese la reina del infierno, y días después ella le cuenta que contrajo unos granos en aquella zona, causa de un molusco contagioso derivado de un sida mortal, contraído por su promiscuidad que, según ella, comenzó debido a la ruptura con Andrés. Y después él, al querer pintar un autorretrato, se pinta a sí mismo con un hoyo en la cabeza. Pero su momento más bajo es cuando le entra un deseo carnal hacia Angélica motivado por una energía maligna, pues él, al imaginarla en la cama de otros hombres, se excita con la idea de estar con ella, e incluso se lo propone y van a un motel a tener relaciones sexuales; pero a mitad del acto, Andrés se quita el preservativo y se entrega de lleno sin medir las consecuencias de lo que pueda suceder. Días después, es completamente rechazado por Angélica, quien le dice no querer volver a saber nada de él, e iracundo por el rechazo y sospechas de la infidelidad de Angélica cuando ellos eran pareja, la trata de la peor manera posible y no vuelven a hablarse…

El Padre Ernesto, a simple vista, es una persona pura y honorable, un ser noble que hace lo posible por ayudar a todas las personas que asisten a su iglesia, generalmente gente humilde que necesita un guía espiritual para sobrellevar la realidad de una ciudad que se hunde cada vez más en la oscuridad y la miseria. Pero, tras bambalinas, el Padre es una persona que lucha fuertemente contra el pecado de la lujuria, pues es para él el celibato una hazaña casi imposible de realizar. Tiene en secreto una pareja llamada Irene, una mujer que le ayuda en las labores de la iglesia, a quien ama y sueña con algún día tener una familia con ella, pero debido a su profesión esto no es posible. A lo anterior, se suman problemas que podrían derivarse de fuerzas malignas que rondan por esta ciudad. Desde una mujer que le confiesa tener pensamientos oscuros, imágenes en las que asesina a sus hijos y después se suicida, ya que no aguanta verlos sufrir de un hambre atroz que los carcome todos los días desde adentro, para acto seguido matar a los niños y culpar al Padre como un cómplice, pues sin verbalizar sus deseos hubiese sido para ella imposible de cometerlos. O una chica de 15 años poseída por el demonio, que conoce la debilidad sexual del Padre Ernesto y se aprovecha de ello para intentar hacerle pecar, ofreciéndose para complacer sus deseos más oscuros, mientras la madre de la chica le ruega hacer un exorcismo de manera urgente que el Padre Ernesto nunca lleva a cabo. O un hombre que admite ver sangre, que se encuentra solo y solo ve caos, que admite estar en el límite, a punto de cometer una locura… lo cual termina por abrumarlo y hacerlo renunciar al sacerdocio y convertirse en un hombre común y corriente, escapar de la vida eclesiástica y formar una familia con Irene, que era en el fondo lo que siempre quiso…

Campo Elías Delgado es un sociópata que no se lleva bien ni siquiera con su propia madre. Tuvo una infancia difícil. Vio a su padre colgado en un árbol cuando tenía apenas 14 años y todas las personas que contemplaron este hecho se encargaron de marginarlo. Años después se enlista en el ejército donde, pasado un tiempo, logra ser convocado para la guerra de Vietnam, y allí comete crímenes atroces de los cuales son víctimas hasta mujeres y niños humildes que no tienen nada que ver con el conflicto, para después volver a Bogotá y aprovechar su afinidad con el idioma inglés para estudiar lenguas modernas y convertirse en docente, ser una persona del común. Odia a su madre, odia a la sociedad, odia a las mujeres… odia a las personas en general. Nunca llega a encajar en una multitud de la cual él no se siente parte, guardando dentro de sí una sensación de vacío, impulsada por estar rodeado de personas, pero en el fondo sentirse desgraciadamente solo. Todos estos aspectos, junto con su juiciosa lectura del libro El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que lee de igual forma a como un religioso lee la Biblia, se decide a cometer una matanza de más de 20 personas, que inicia con el asesinato de su madre…

Ilustración de un restaurante: un hombre calvo con gafas y traje negro extiende un revólver y dispara a otro hombre que cae hacia atrás sobre una silla, mientras otros comensales permanecen en sus mesas.
Ilustración creada con inteligencia artificial: OpenAI ChatGPT.

Una vendedora de tintos, un pintor, un padre y un veterano de guerra que aparentemente son personas normales, pero todos tienen algo en común: su descenso hacia la maldad. Cada uno cuenta con una lucha interna que lentamente los lleva hacia el abismo. Bien lo dijo Nietzsche (1886): “Cuando miras hacia el abismo, el abismo te devuelve la mirada”, y esto sucede con cada uno de los protagonistas, que después de tocar fondo se reinventan y buscan la luz al final del camino como forma de redención. La forma en la que los cuatro personajes se juntan al final de la novela buscando al Padre Ernesto, quien simboliza lo religioso, la luz, la penitencia, es una señal de su deseo por salirse de ese camino oscuro en el que se estaban adentrando cada vez más, para que después Mendoza nos dé un choque de realidad: no hay redención. Los finales felices no son para todo el mundo y a veces, cuando nos arrepentimos y queremos hacer las cosas bien para salir del hoyo en que nosotros mismos nos hemos enterrado hasta el cuello, ya es demasiado tarde. Las tres historias terminan con un tiro fulminante efectuado por Campo Elías, quien después de matarlos sin dejarlos siquiera recitar sus últimas palabras, se da un tiro en la cabeza para dar fin a esta icónica novela.

Dejando atrás a los cuatro protagonistas, vale la pena preguntarse cómo una historia tan oscura terminó siendo el fenómeno más mainstream de su generación en Colombia. Mario Mendoza tal vez no sea un autor reconocido entre los gremios literarios como uno de los grandes de la literatura colombiana, pues escribió una obra que aparentemente tenía todos los elementos para ser marginada e ignorada por el mundo. Pero resultó ser lo que todos estaban buscando al momento de su publicación. Algo que no podemos negar es que tanto Mendoza como su editorial hicieron un trabajo de marketing exhaustivo con Satanás, comenzando con el premio que ganó en 2002, Biblioteca Breve de Seix Barral, que le valió la autoridad ya no de una novela colombiana cualquiera, sino de una obra latinoamericana con prestigio internacional, llevándola a bibliotecas de todo el continente y expandiéndose incluso a Europa y Estados Unidos. Esto, sumado a las entrevistas del autor donde casi que se enfocan directamente en la masacre de Pozzetto y su relación con el criminal Campo Elías Delgado, generó un morbo en la multitud que, al mismo tiempo que la criticaba, compró y leyó la novela para conocer más a fondo esta intrigante historia.

Algo que se destaca en esta novela por encima de otras obras publicadas en la década que ronda desde los noventa hasta los dosmiles en Colombia, es que trata una narrativa de la violencia diferente a la que ya todos conocemos: el conflicto armado en Cóndores no entierran todos los días, el sicariato y el narcotráfico en La virgen de los sicarios, el conflicto bipartidista en La forma de las ruinas, etc., que tratan la violencia desde un punto de vista más estructural. Pero en Satanás los villanos no son ni guerrilleros, ni sicarios ni políticos poderosos. Los malos de la historia desde el punto de vista de Mendoza somos nosotros mismos, la sociedad a la que pertenecemos que lleva a algunos individuos hasta el límite y esto evoca una explosión de ellos frente a los culpables que lo condujeron hacia el precipicio. Tal vez fue este cambio de perspectiva lo que hizo brillar al autor, pues hay un gran número de novelas que tratan la violencia bipartidista en Colombia, el conflicto armado o el sicariato (unas mejores que otras), pero en ese momento eran pocas las que tratasen la violencia sin una razón política o estructural. La violencia porque sí, evocada por seres de carne y hueso que el único beneficio que se llevan del mal que hacen a la sociedad es la satisfacción propia. Aquí se toma en cuenta que para ser violento no necesariamente hay que asesinar a alguien, sino que un comentario despectivo, el menosprecio consciente hacia una persona e incluso la ignorancia hacia la miseria que viven a diario los menos favorecidos es una forma de violencia que se ejerce constantemente en la sociedad y de la cual es imposible desligarse. Basta pensar en el Padre Ernesto, que escucha la confesión de una mujer al borde de matar a sus hijos y no actúa a tiempo, lo que la empuja a cometer el crimen que después le atribuye a él como cómplice; en el tipo de mala clase que humilla a María negándole los 200 pesos que le debe, y que la lleva a aceptar el trabajo de tomasera que termina por hundirla; o en Andrés, cuya ruptura con Angélica la precipita hacia la promiscuidad que termina por contagiarla de sida. Ninguno de los tres comete un crimen en el sentido estricto de la palabra, y sin embargo cada uno enciende la mecha de una tragedia. Son actos que tú o yo cometemos a diario, incluso sin darnos cuenta, y que la novela usa para argumentar que ese tipo de violencia cotidiana puede tener un efecto mucho más grave del que solemos imaginar.

Los adolescentes amaron esta obra, e incluso en instituciones la introdujeron como lectura obligatoria para los estudiantes de secundaria, lo cual aumentó la popularidad y el reconocimiento del autor entre los lectores del común, el lector que “...difiere del crítico y del académico. Está peor educado, y la naturaleza no lo ha dotado tan generosamente. Lee por placer más que para impartir conocimiento o corregir las opiniones ajenas.” (Woolf, 1925). No sé si desde el principio este fue el target objetivo del escritor, o tal vez después de publicar su novela descubrió que lo era, pero lo que sí puedo decir es que si este era su plan, le resultó de maravilla. Miles y miles de jóvenes que se estaban introduciendo al mundo de la lectura escogieron a Mendoza como su autor predilecto después de leer Satanás, y también miles de lectores acostumbrados a sagas digeribles que leían más por pasar el rato, a diferencia de obras del canon literario que exigen al lector encaminarse en un viaje literario con lenguajes enredados que necesitan ser leídos como mínimo con un diccionario al lado, se decantaron por Mendoza antes que por cualquier otro escritor del momento. Muchos lo califican como un autor facilista, que crea sus novelas con un lenguaje tan común que cualquier lector poco experimentado podría entenderlo, ¿pero no es esto incluso más difícil que crear una novela con un lenguaje rebuscado, que está destinada a un público limitado? También vale la pena mencionar que a nivel de marketing, crear una novela con un lenguaje simple es incluso más rentable que escribir para eruditos literarios, pues el público se ve más expandido al ser mayor la masa de personas que llega a comprar esta obra.

También tuvo mucho que ver la transmedialidad, pasando de ser libro a convertirse en película, novela gráfica y recientemente serie de Netflix, explorando distintos formatos que van más allá de un texto literario. Cabe resaltar el trabajo que ha ejercido Mendoza, que no se centró en la publicación de una obra para después olvidarse de ella, sino en seguir trabajando sobre esta con personas que se encuentran al margen de la literatura per se. Y ha sabido escoger muy bien sus relaciones para con la obra, pues he de admitir que el sueño más grande para un autor moderno es ver su obra transformada en un film o en una serie, pues es en el terreno gráfico en el cual el mundo se está fijando mil veces más que en el escrito, e incluso es por medio de este que las personas pueden llegar a sentir curiosidad y adquirir un libro en su formato inicial (esto es una modalidad bastante reconocida en el mundo del manga, pues lanzan series animadas para promover la venta de los cómics). Esto sin mencionar que la editorial no ha perdido su tiempo. Ha lanzado ediciones y reediciones que suman más de seis, contando la más reciente en el año 2025 con material adicional agregado por el autor (casualmente publicada al mismo tiempo que la serie Estado de fuga 1986 basada en esta obra).

Sumando todos estos factores, no es casualidad que Satanás de Mario Mendoza se haya convertido en una novela mainstream que a día de hoy hace parte de la cultura pop. Es cierto que para muchos académicos y críticos literarios esta no es la mejor obra, y alardean mencionando escritores que lo han hecho mejor, con un catálogo de publicaciones que tiene más peso. Lo viví de primera mano en la universidad, donde varios profesores y compañeros de carrera hablaban de Mario Mendoza como un autor de bajo calibre y preferían otros nombres por encima del suyo, al no considerarlo una lectura lo suficientemente exigente. Pero al final, esto también ha ayudado a generar ventas, pues cualquier publicidad, aunque sea mala, sigue siendo buena publicidad. Personalmente pienso que se puede medir a una persona exitosa por la cantidad de haters que tiene, y Mendoza no tiene pocos. Son estos los que están al pendiente de su obra para criticarla y hacerle quedar como un mal escritor, haciendo que sean cada vez más leídas y sus ventas suban, pues ya van más de 700.000 copias vendidas de este ejemplar sin contar la piratería que se lleva a cabo en librerías clandestinas y PDF sin licencia compartido entre colegas y resubido por la web. Sin duda, esta podría considerarse la novela marginal más comercial del país hasta el momento.

Toda esta radiografía del fenómeno Satanás no estaría completa sin decir de dónde vengo yo como lector —y sin confesar que, al escarbar más de la cuenta, encontré grietas que no esperaba. Cuando leí Satanás por primera vez, para mí fue una experiencia sumamente novedosa. La leí con 14 años y no había llegado a mis manos un libro que no fuese de autoayuda. Paulo Coelho, Walter Riso, Robert Kiyosaki y alguno que otro de esta línea, eran algunos de los autores que había leído hasta el momento. Poco a poco me decanté por otras temáticas más crudas y oscuras, con algunos relatos de Edgar Allan Poe, Charles Bukowski u otros autores del canon literario que, si bien tratan temáticas más grotescas como el asesinato o la sexualidad, entre otras, no podía identificarme en casi nada con aquellos relatos, pues es de entender que siendo autores gringos, hacían referencias hacia su propia cultura. Pero con Mendoza sentí una cercanía hacia la obra, ya que su mundo literario me resultaba tan cercano, que en unos fragmentos me sentía en la capacidad de palparlo con mis propias manos. Por el lenguaje tan cercano, que hace uso de la jerga colombiana; por el espacio, los lugares reales de la ciudad de Bogotá donde se desarrolla la novela; por mencionar marcas locales como Pielroja, o hacer alusión a la conocida modalidad de robo que usualmente ejercen mujeres bellas, que drogan a hombres con dinero en discotecas usando escopolamina, entre otras referencias que hace el autor a la cotidianidad de los colombianos, me sentí tan inmiscuido dentro de la obra, que en un punto llegué a creer que podía vivirla en carne propia. Y ni hablar cuando me enteré de que esta obra fue basada en hechos reales. En ese momento tomé la novela como un archivo con carácter periodístico, similar a lo que hacía Gabriel García Márquez en sus obras. Pero al leerla por segunda vez y profundizar en los hechos ocurridos dentro de Satanás en analogía a lo sucedido en la vida real, encontré ciertos datos que hacen que la obra pierda mucho de su encanto.

Primero que todo: no hay pruebas reales de que Campo Elías Delgado hubiese estado en Vietnam, lo que desmiente su pasado como un veterano de guerra. No existe, a la fecha, ningún documento oficial que sustente su participación directa en este conflicto armado, lo que me hace pensar que Mendoza le atribuyó este pasado al personaje para hacer su novela más mainstream y coincidir con la narrativa política de la época, ya que en los noventa no había medio de comunicación en el mundo que no hablase de este tema. Aunque Campo Elías sí estuvo enlistado en el ejército estadounidense entre 1975 y 1978, su servicio fue en la zona del Canal de Panamá y en El Paso, Texas, como especialista médico (Barbieri, 2025), contrario a lo que afirma la nota periodística publicada en el periódico El País en 1986 titulada «El colombiano veterano de Vietnam que asesinó a su madre, cenó y siguió matando» (Gorriarán, 1986). Lo que, si bien no le resta valor a la obra literaria per se, deja un mal sabor de boca al lector, ya que este, desde el principio, está predispuesto a leer una obra que fue basada en hechos reales. Y si bien es entendible que una obra de ficción no siga al pie de la letra los pasos de Campo Elías a lo largo de su vida, se podría decir que este detalle le resta valor a ciertos fragmentos de la novela, que relatan las experiencias de Delgado en la guerra de Vietnam. Al mismo tiempo, también es pertinente mencionar que los otros tres personajes: Andrés, el Padre Ernesto y María, son totalmente ficticios y no aluden a ninguna víctima real de la masacre de Pozzetto. Como dije anteriormente, esto no le resta valor a la obra por sí misma, pero sí pone a tela de juicio este y muchos otros mitos que giran a su alrededor. Como por ejemplo la cercanía de Mario Mendoza con el autor de la masacre de Pozzetto, pues si bien Campo Elías sí fue su compañero de tesis, no es seguro que tuviese con él una amistad tan cercana. Vista así, la promesa de «hechos reales» con la que Satanás se vendió —y que, como vimos antes, generó buena parte del morbo que la hizo mainstream— no es solo un gancho de marketing: es una decisión de género. Mendoza, a diferencia de García Márquez en Noticia de un secuestro, no sostiene el pacto documental hasta el final, sino que lo dobla cuando le conviene a la ficción. Eso no vuelve la novela menos lograda, pero sí cambia lo que en realidad estamos leyendo: no un testimonio con licencias de ficción, sino una ficción disfrazada de testimonio.

Ahora, en cuestiones de forma, no voy a indagar mucho. A mi parecer, es una novela muy pop, muy descriptiva y considero que no debería ser un reto para nadie poder leerla hasta el final. Por la forma de escribir de Mendoza tan cinematográfica (lo cual hizo más fácil sus adaptaciones tanto al cine como a la novela gráfica y recientemente a las series), es una lectura muy placentera y fluida, ideal para un estudiante que quiere matar sus ratos libres, o incluso para una persona que no es muy cercana a la lectura y quiera comenzar por algún libro que no le haga pensar tanto. Con esto no quiero decir que Satanás sea una novela superficial, ya que tiene una variedad de elementos interesantes que vale la pena investigar, y cuenta con relaciones intertextuales que pueden llevar al lector hacia la lectura de otros autores como Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, o Stefan Zweig —autor de Amok (1922)— (este último no es mencionado directamente en la obra, pero es conocido por profundizar en el concepto de Spree Killer o Asesino Itinerante, que es la descripción perfecta de Campo Elías Delgado). Pero si es cierto que al hacer un análisis profundo dentro de la obra, tal como lo adelanté al principio, encontramos que lo que creíamos un océano resulta ser un lago de muy poca profundidad, pues aparte de los elementos interesantes mencionados a lo largo de esta reseña, no nos queda más que una buena historia, alimentada por el morbo del lector hacia la masacre de Pozzetto, que al terminarla no nos deja nada más que eso: un libro terminado, similar a quien ve una película con intenciones de entretenerse y a los pocos días no recuerda ni siquiera su trama principal.

Y no solo es un libro terminado, sino que es un libro con el final más simplista y apresurado que pudo tener, un Deus Ex Machina copiado de la peor página del teatro griego. Es la misma grieta que ya vimos con la biografía inflada de Campo Elías, solo que ahora en la arquitectura de la trama: una novela que se vende bajo el pacto de «esto pasó de verdad» no puede darse el lujo de resolverse con una casualidad tan de ficción pura. Si el realismo degradado de Satanás depende de que el lector le crea al libro, este final es el momento exacto en que ese pacto se rompe. De repente, a unos capítulos de terminar el libro, Andrés recuerda que su tío es el Padre Ernesto y le hace una llamada, y casualmente, unas páginas más adelante, María se acuerda que el Padre Ernesto fue el único que la había ayudado al escaparse del orfanato donde la explotaban, y le hace una visita en su parroquia. Pero esto no se mencionó nunca antes en la obra. La forma en la que estos tres personajes resultan reunidos es un truco que se sacó de la manga el autor, tal vez sin la intención de tomarle el pelo a sus lectores, sino simplemente por el afán de terminarla de una vez por todas. Yo tengo dos teorías sobre lo sucedido en este caso: la primera es que Mendoza tenía tres relatos: el del Padre Ernesto, el de María y el de Andrés escritos de forma independiente sin un final definido, y contiguamente estaba escribiendo su novela acerca de la masacre de Pozzetto. Pero al ver que esta novela no tenía folios suficientes para que se considerase como tal, decidió unirle el resto de relatos con un mismo final y así matar cuatro pájaros de un tiro, pues los tres personajes, aparte de Campo Elías Delgado, son totalmente independientes, y podrían desarrollarse cada uno por separado sin afectar en absoluto el transcurso de la obra, e incluso se podría prescindir de uno de ellos y la novela sería la misma. Mi segunda teoría es que Mendoza tenía toda la intención de escribir un final decente, pero debido a la situación económica tan precaria que llevaba en ese momento, decidió cortarla allí, de tropezón, con el fin de no exceder el plazo de entrega al concurso Biblioteca Breve de Seix Barral. Como quiera que sea, el final de esta obra deja mucho que desear (y tal parece que es un hábito del autor, ya que en Scorpio City sucede algo similar. Les ahorraré el tiempo de lectura de esta novela, y solo les diré que el final se resuelve con el protagonista cayéndose de unas escaleras y muriendo instantáneamente). Claro que se puede buscar algo profundo en este final, como que la redención no siempre se encuentra, o que la maldad llega en el momento que menos te esperas… pero nada puede justificar que el final de esta novela sea tan rebuscado, apresurado y poco coherente con lo que se planteó durante toda la obra.

Ilustración de un hombre calvo con gafas y traje negro suspendido en el aire con los brazos extendidos y un revólver en cada mano; abajo a la izquierda, tres policías apuntan sus armas, y abajo a la derecha otro hombre se apunta con un revólver a la sien.
Ilustración creada con inteligencia artificial: OpenAI ChatGPT.

Si me preguntan hoy si Satanás está a la altura de la gran literatura, la respuesta honesta es que no —ni su prosa, ni su estructura, ni mucho menos ese final resuelto a las carreras lo sostienen frente a los libros que he leído después. Y sin embargo, no puedo hablar mal de esta novela sin sentir algo parecido a la traición. Fue la puerta que me metió de lleno al mundo de la lectura, el primer libro que me hizo sentir que la literatura también podía hablar de mi ciudad, de mi gente, de mi propio idioma callejero, y eso —lo sé ahora que puedo compararlo con obras más sólidas— no es poca cosa para alguien de catorce años. El problema es que ya no puedo leerla como entonces. Cada relectura viene acompañada de un lápiz mental que subraya lo que antes se me escapaba: la biografía inflada, el final de manual, el océano que resulta ser un lago. No puedo recuperar esa primera lectura ingenua, y en el fondo la extraño. Satanás sigue mereciendo un lugar en mi memoria, no como la mejor novela que he leído, sino como la que me enseñó que valía la pena seguir leyendo otras, incluso a costa de nunca volver a disfrutarla de la misma forma.

Referencias

Barbieri, C. (2025, 8 de diciembre). La historia de Campo Elías Delgado. Esquire Colombia. https://esquirecolombia.com/campo-elias-delgado-historia-enfermedad/

El País. (1986, 5 de diciembre). El colombiano veterano de Vietnam que asesinó a su madre, cenó y siguió matando. El País. https://elpais.com/diario/1986/12/06/internacional/534207604_850215.html

Mendoza, M. (2002). Satanás. Seix Barral.

Nietzsche, F. (1886). Más allá del bien y del mal.

Stevenson, R. L. (1886). El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Woolf, V. (1925). The common reader. Harcourt, Brace and Company.

Zweig, S. (1922). Amok.

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